Elegir

Cuando no puedes controlar la vida, pero sí tu posición en ella

Hay momentos en los que la palabra elección parece una broma.

Cuando el cuerpo falla.
Cuando el dinero no alcanza.
Cuando el futuro se encoge.

Elegir suena a privilegio.
A algo que otros pueden hacer.

Pero viviendo al límite aprendí algo importante:

elegir no siempre es escoger entre opciones buenas.
A veces es decidir cómo habitas lo que hay.

Yo no elegí el accidente.
No elegí las secuelas.
No elegí el dolor ni las pérdidas que vinieron después.

Pero incluso ahí —cuando casi todo estaba decidido—
hubo algo que nadie pudo tocar:

mi forma de estar dentro de la vida.

Elegir no fue un acto heroico.
Fue silencioso.
A ratos incómodo.
A veces solitario.

Elegí no desaparecer, aunque habría sido comprensible.
Elegí no anestesiarme para sobrevivir mejor.
Elegí no quedarme donde ya no había amor, aunque estar sola pareciera una locura.

No porque fuera fácil.
Sino porque era coherente conmigo.

Hubo decisiones pequeñas que lo cambiaron todo.

Salir a la calle aunque mi cuerpo pareciera un campo de batalla.
Reírme de mi aspecto cuando otros bajaban la mirada.
Moverme hacia lo que me daba vida, no hacia lo que “tocaba”.

Elegí no reducir mi identidad a mis límites.

Elegir no siempre mejora la vida.
Pero la alinea.

Y cuando la vida no es fácil,
la alineación es lo que te permite levantarte sin traicionarte.

Elegir también es renunciar.

Renunciar a la versión de ti que ya no existe.
Renunciar a expectativas ajenas.
Renunciar a la idea de que todo se compensará.

Eso duele.

Pero duele menos que vivir una vida que no sientes tuya.

Aprendí que elegir no es controlar el resultado.
Es asumir la autoría, incluso en la incertidumbre.

Decidir cómo me hablo.
Cómo trato mi cuerpo.
Qué relaciones mantengo.
Qué batallas no peleo más.

Elegir en qué gasto mi tiempo y la energía que tengo.
Y en qué ya no.

Durante mucho tiempo pensé que elegir era hacer grandes cambios.
Hoy sé que casi siempre es lo contrario.

Es elegir el ritmo.
Elegir parar sin culparte.
Elegir no compararte con quien no vive en tu cuerpo.
Elegir pedir ayuda sin rendirte.
Y elegir rodearte solo de quien suma a tu vida.

Elegir seguir siendo tú, aunque el contexto no acompañe.

Y aquí quiero hablarte directamente.

Quizá no puedes elegir estar bien.
Quizá no puedes elegir que duela menos.
Quizá no puedes elegir volver atrás.

Pero dime algo con honestidad:

¿Dónde sigues pudiendo elegir, aunque sea poco?

Porque ese lugar —por pequeño que sea—
es donde empieza a reconstruirse una vida.

No se trata de tomar siempre la mejor decisión.
Se trata de no delegar tu vida por agotamiento.

De no vivir en automático.
De no desaparecer poco a poco.

Elegir es una forma de decirte:
sigo aquí. . . y voy a disfrutar todo lo que pueda.

No elegí la vida que tengo.
Pero sigo eligiendo cómo vivirla.

Y mientras pueda hacer eso,
no estaré derrotada.

No rendí mi cuerpo.
No negué el dolor.
Y no entregué mi capacidad de elegir.

Eso, para mí, es vivir. . . que no es poco.

No siempre se puede evitar caer.
No siempre se puede vivir sin dolor.
Pero mientras puedas elegir cómo sigues,
sigues siendo tú.