No me define, pero camina conmigo.
No voy a empezar diciendo que el dolor enseña.
Ni que te hace más fuerte.
Ni que “todo tiene un sentido”.
El dolor no necesita justificación.
Está. Y punto.
En mi vida está desde hace más de veinte años.
Las veinticuatro horas.
Sin descanso.
Todos los días.
No llegó como una metáfora.
Llegó como un hecho, sin aviso.
Con un accidente, con un cuerpo roto, con secuelas que no se ven desde fuera pero que se sienten en cada movimiento.
Y aquí estoy.
Con él.
Todavía.
Durante mucho tiempo intenté explicarlo.
Buscar palabras.
Que otros lo entendieran.
Hoy ya no lo intento tanto.
El dolor no se explica bien si no se vive.
Y quien lo vive, no necesita demasiadas explicaciones.
No me define como persona.
No dice quién soy.
Pero camina conmigo.
Hay días en los que va en silencio.
Otros en los que pesa, empuja, aprieta.
Y algunos en los que se pasa de la raya y lo maldigo sin pudor.
No lo romantizo.
No le doy las gracias.
No creo que “me haya hecho mejor persona”.
Está.
Y yo también.
No siempre puedo elegir lo que siento.
Pero siempre puedo elegir cómo sigo.
Hubo un momento clave en mi vida.
No fue una revelación mística ni una frase inspiradora.
Fue una decisión.
No estaba dispuesta a malvivir esclava del dolor.
No iba a pasar el resto de mis días reducida a alguien que solo “aguanta”.
Aprendí a escucharlo sin obedecerlo.
A medir hasta dónde hoy.
A distinguir entre forzar y avanzar.
Entre respetarme y rendirme.
No le pedí al dolor que se fuera.
No lo negué.
No luché contra él como si fuera un enemigo.
Hice un pacto.
No escrito.
No heroico.
Pero firme.
Le dejé existir.
Porque no siempre podemos elegir que el dolor desaparezca.
Respiré.
Le hablé.
No para eliminarlo, sino para marcar límites.
Puse una condición muy clara:
no iba a gobernar mi vida.
Algo así como:
Puedes estar.
Pero no vas a decidir quién soy ni cómo vivo mis días.
El pacto sigue vigente.
Año tras año.
Hay días en los que el pacto se tambalea.
No voy a mentirte.
Cuando el dolor se intensifica, no me hago la fuerte todo el tiempo.
A veces lloro.
Cinco minutos.
Diez.
No para hundirme.
Lo justo para soltar la rabia, la impotencia, la emoción atrapada.
No me avergüenza.
El dolor físico también es emocional.
Y si no lo sacas por algún sitio, se queda dentro haciendo ruido.
Después respiro.
Literalmente.
No hago discursos internos.
No me cuento historias.
Respiro.
Y sigo con lo mío.
No porque no duela,
No porque sea fuerte,
Sino porque es mi vida
y parar del todo no es una opción para mí.
Puede parecer contradictorio,
pero es la clave de cómo sobrevivo.
Yo vivo mis días como si el dolor no existiera,
aunque exista.
No lo niego.
No lo tapo.
Pero tampoco le doy el centro del escenario.
Primero decido qué quiero hacer.
Después veo cómo hacerlo con dolor, no si hacerlo o no.
Escribo, aunque escribir sea una tortura para mi brazo.
Cada movimiento es como sostener varios kilos.
Duele.
Quema.
Mucho.
Pero escribir es lo que quiero hacer.
Así que lo hago.
No me premio por ello.
No me felicito.
No lo convierto en hazaña.
Simplemente, no renuncio a lo que me apetece hacer.
Aunque a veces apriete demasiado y lo maldigo.
Convivir no es negarlo.
Es recordar algo esencial:
el dolor no decide por mí.
Hay un cansancio del que casi nadie habla.
No es el de dormir poco.
No es el de un día difícil.
Es el cansancio de sostenerte dentro de un cuerpo que pesa más de lo que parece.
De pensar cada gesto.
De calcular si hoy podrás o no podrás.
De hacer cosas “normales” pagando un precio que los demás no ven.
Es el cansancio de explicar. . . o de dejar de explicar.
De escuchar “qué fuerte eres” cuando por dentro estás agotada.
Ese cansancio no se arregla con vacaciones.
A veces ni siquiera con descanso.
Y lo más duro no es sentirlo.
Es que sea invisible.
Porque cuando nadie lo ve, nadie lo mide.
Y cuando nadie lo mide, esperan de ti como si no existiera.
Con el tiempo aprendí algo importante:
no tengo que demostrar nada a nadie.
Hay días en los que hago menos.
Días en los que el cuerpo manda más.
Y eso no es rendirse.
Es cuidarse para poder seguir.
Aquí no voy a mentir.
El cuerpo sí pone límites.
Negarlo es violencia.
Yo no podía mover los brazos.
Estaban completamente paralizados.
Con el tiempo recuperé gran parte de uno.
Con poca fuerza.
Con dolor constante en ambos.
Eso no se supera con actitud.
Ni con frases motivacionales.
Se vive.
Se trabaja.
Se acepta. . . y se cuestiona a la vez.
El límite existe.
Pero no todo límite es una orden absoluta.
Hay límites que se respetan.
Y otros que se exploran.
No para romperse.
Sino para no obedecerlos ciegamente.
El dolor forma parte de mi vida.
Camina conmigo, sí.
A veces muy cerca.
A veces gritando.
Pero no es mi identidad.
No soy mi diagnóstico.
No soy mi limitación.
No soy lo que no puedo hacer.
Soy todo lo que sigo siendo a pesar de eso.
Mis ganas.
Mi cabeza.
Mi humor.
Mi deseo de vivir bien, aunque duela.
Eso nadie me lo quita.
Soy una persona entera, con un cuerpo que tiene límites.
Y mientras pueda elegir cómo vivir mis días,
el dolor no escribirá mi historia por mí.
Durante más de veinte años he vivido con dolor continuo.
Y durante más de veinte años
me he negado a tomar morfina,
aunque sea lo único que quizá podría aliviarlo.
No porque sea valiente.
Ni porque crea que sea “mejor”.
Es una elección personal.
Mi elección.
Yo necesito estar presente.
Sentir claridad mental.
Habitar mi vida despierta.
Respeto profundamente a quien decide otra cosa.
Cada cuerpo y cada historia son distintos.
Pero en mi pacto con el dolor,
esa fue mi línea.
A veces se confunden.
Convivir con el dolor
no es rendirse.
No es bajar los brazos.
No es aceptar una vida más pequeña.
Es aprender a moverse
dentro de una realidad que no elegiste.
Hay días mejores.
Hay días peores.
Y hay días simplemente posibles.
Eso también es vida.
No es una receta.
No es un consejo médico.
No es algo que “si haces bien” vaya a funcionar.
Es mi manera.
Mi pacto.
Mi forma de habitar un cuerpo que no siempre acompaña.
Lo comparto por si a alguien le sirve.
Por si alguien necesita saber que no está sola.
Que no está fallando.
Que no es débil por cansarse.
No te digo que se pueda con todo.
No te digo que sea fácil.
No te digo que no haya días oscuros.
Solo te digo esto:
No te traiciones.
No desaparezcas.
No te reduzcas a lo que duele.
El dolor está.
Yo también.
Y mientras yo esté,
seguiré eligiendo cómo pasar mis días.
Aunque duela.
No escribí esto para convencerte.
Lo escribí para que, si alguna vez lo necesitas,
sepas que hay otra forma de estar en el mundo sin rendirte.
El dolor no se va.
Pero tú tampoco.